Memoria de un Director: Alfredo Montoya Melgar
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Memoria de un Director: Alfredo Montoya Melgar [*]
Antonio V. Sempere Navarro
Muchas dudas han precedido al título de esta Tribuna. ¿Qué sentido tiene hablar de “Memoria de un Director” para indicar que se escribe respecto de una persona que ya no nos dirige? ¿Sería mejor hablar de “obituario”? ¿O quizá indicar que los párrafos emanan “In memoriam”? ¿No es más lógico utilizar el verbo “morir” o cualquiera de sus sinónimos? Por supuesto que la respuesta afirmativa a esos y otros muchos interrogantes parece acertada. Lo que sucede es que estas páginas han querido imprimir otro enfoque. Veamos.
Desde un tiempo atrás, nuestro Director Principal venía insistiendo en que lo elimináramos de los créditos que acompañan a su querida Revista Española de Derecho del Trabajo habida cuenta de que ya no le era posible desempeñar las funciones inherentes a tal cargo. Tanto los ejemplares que se han publicado en versión mixta (papel, telemática) cuanto los exclusivamente digitales dan cuenta de que ese deseo no se atendió. Por muchas razones. Primera y principal, porque su influencia ha permanecido intacta. Segunda, porque bastaba su alegría al recibir cada número para mantener la decisión opuesta. Tercera, naturalmente, porque el resto del equipo no podía aceptarlo.
Ahora es distinto. Alfredo Montoya Melgar (septiembre, 1937) nos abandonó terrenalmente el pasado 27 de marzo. Solo ese motivo es el que provoca su “cese forzoso” al frente de la Revista. Quienes hemos compartido con él muchos años de singladura haremos lo posible para estar a la altura de lo que hubiera querido.
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Con tal motivo, parece adecuado rememorar algunos datos. Coincidiendo con el final de la Revista de Política Social, D. Manuel Alonso Olea puso en marcha la REDT. Corría el año de 1980 y la dirigió hasta el número 115 (enero/febrero de 2003). A su fallecimiento la Editorial le encomendó a Alfredo Montoya que asumiera ese cometido. El número 117 (mayo/junio de 2003) se iniciaba con sendos textos conmemorativos del relevo: “Memoria de un Maestro” (a cargo del nuevo Director) y “Memoria de un Padre” (obra del Catedrático Ricardo Alonso García). Huelga resaltar la pretendida complicidad con tales hitos.
Las fusiones empresariales propiciaron que, diez años después, en 2013, se reagrupasen bajo un solo título tres publicaciones periódicas Revista Española de Derecho del Trabajo (Civitas); Información Laboral (Lex Nova) y Aranzadi Social. Tanto Ignacio García-Perrote cuanto yo mismo propusimos que se mantuviera la identificación de la nueva criatura con la emblemática y prestigiosa capitaneada por el profesor Montoya Melgar, bien que durante unos pocos años se indicó que era Nueva, calificativo finalmente omitido para recuperar el nombre tradicional. La nota con la que los tres directores abríamos el número 161 (el primero de la Nueva Revista Española de Derecho del Trabajo, correspondiente al mes de febrero de 2014) explicaba con brevedad el propósito de la innovación: “unificar en una sola publicación los contenidos de las tres precedentes que la experiencia ha mostrado como más cualificados y de mayor interés”, reuniendo “en una sola cabecera lo mejor de sus tres predecesoras”.
Desde entonces hasta este número 285 la Revista ha querido ser fiel a su periódica cita –ahora mensual- y a su permanente compromiso de aunar la calidad científica y la utilidad práctica de sus contenidos. “La ineludible vocación de modernidad de la publicación y, por tanto, su propósito de dar respuesta a las inquietudes y retos nuevos planteados en la materia, continúa, tal y como quiso su fundador, hermanada con la atención hacia los grandes y permanentes temas de la disciplina” (Alfredo Montoya, en su Nota al número 200 de la REDT, en 2017).
Su forzada desaparición como Director de la Revista es el motivo, claro está, de que pase a tener un protagonismo pasivo. De que la Tribuna de Actualidad esté, dedicada a trazar una semblanza suya.
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Las evocaciones biográficas como la presente son una mezcla de narración objetiva (a modo de currículo) y de recuerdos subjetivos (donde quien escribe trae a colación datos conocidos de primera mano). La paridad entre ambas facetas ni es exigible, ni garantiza la utilidad, pertinencia o amenidad de lo narrado. Así las cosas, no queda más remedio que aceptar la desordenada versión que seguidamente se ofrece.
En el BOE de 11 de marzo de 2017 se publicó su nombramiento como Magistrado del Tribunal Constitucional (RD 261/2017, de 10 de marzo). Días después algunas personas, asistentes a la toma de posesión de los nuevos integrantes del Tribunal, se preguntaban sobre la identidad de quien avanzaba, con decisión y energía, desde el patio de butacas al estrado presidencial para formalizar el hecho. Casi octogenario entonces, sin embargo, en modo alguno sorprendió a sus allegados ni ese episodio ni que de inmediato reactivase asuntos atascados; trabase relaciones personales excelentes con el resto de Magistrados, fuere cual fuere su adscripción o tendencia; se ganase el aprecio de Letrados y resto de personal; rubricase Ponencias de enorme complejidad y temática heterogénea como las referidas a la adopción y tutela en el Derecho Civil de Galicia (STC 133/2017), el consumo de cánnabis (STC 144/2017), la educación segregada (STC 31/2018), la Ley de Educación de Cataluña (STC 51/2019) o la denominada “lista Falciani” (STC 97/2019).
Su condición de jurista culto y sabio la había evidenciado en diversas publicaciones que abordan cuestiones literarias o históricas (Trabajo, ocio y oficios en las “Empresas Políticas” de Saavedra Fajardo; Notas sobre el trabajo en Kafka; “Velázquez y el trabajo”; El trabajo en la literatura y el arte), así como en la serie de estudios sobre la Ideología y Lenguaje en la Legislación Laboral española, obras que reciben el respeto de juristas y especialistas de esos otros campos de las Ciencias Sociales, pero que también muestran un talla de humanista tan envidiable como excepcional. Como autor literario se dejó ver en la recopilación El Panamá y otros cuentos (Editora Regional, Murcia, 1986), seguramente animada por su insigne tío Rafael Lapesa Melgar.
La totalidad de su obra científica evidencia que no estamos ante un especialista en temas laborales de notables cualidades (lo que ya es muy meritorio) sino ante un jurista integral, de una sola pieza y atento a la totalidad del ordenamiento, conocedor profundo de los entresijos que el mundo del Derecho posee y de la necesaria cosmología con que ha de abordarse cualquier tema a él atinente. Únicamente así se explica que pudiera acometer la ciclópea tarea de diseñar y dirigir los cuatro volúmenes de la Enciclopedia Jurídica Básica (Civitas, 1995), compendio y referencia indispensable desde entonces para los juristas de cualquier ámbito. Pocas personas serían capaces de concitar un esfuerzo colectivo, interdisciplinar y completo, implicando a tres centenares de especialistas.
Salvadas las distancias, como réplica de lo anterior, apareció años después la Enciclopedia laboral básica “Alfredo Montoya Melgar” (2009), un homenaje muy colectivo (483 voces a cargo de 146 autores) que ilustraba también sobre el perfil del propio interesado con su currículo (a las alturas del momento) y los textos de las laudationes pronunciadas con motivo de su investidura como Doctor honoris causa por las Universidades de Murcia (2008) y Rey Juan Carlos de Madrid (2006), esta última parcialmente recordada ahora.
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La AEDTSS que preside María Emilia Casas Baamonde no solo dio cuenta del fallecimiento a través de un cariñoso comunicado sino que alberga en su página principal excelentes recordatorios que los profesores Cámara Botía y Palomeque López le han dedicado. Su currículum actualizado apareció publicado a fines de 2024 en la Revista General de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social que dirige el Maestro Luis Enrique de la Villa Gil. Sirva todo ello como justificación de que ahora no parezca necesario inventariar todo de manera cronológica y exhaustiva.
Pero cabe también aquí un apunte biográfico mínimo. Recién iniciada la contienda civil (1937), el 25 de septiembre, nacía Alfredo Montoya. Hijo de padres comerciantes, de ejemplar civismo y grato recuerdo. Él mismo ha rememorado muchas veces, con insuperable amenidad, su período como alumno y Licenciado (1960)[1], como doctorando y autor (1962) de una sólida Tesis[2], como profesor meritorio que deja Sevilla para seguir a su referente y maestro hasta la Universidad Complutense[3]. Durante varios años Ayudante (no lucrativo) de Cátedra en las Universidades de Sevilla (1960/1963; con Alonso OIea) y de Madrid (1963/1969; con Pérez Botija, Bayón Chacón y Alonso Olea).
A los 32 años (fines de 1969) llegó como Catedrático a la Universidad de Murcia. En ella, y desde allí, de manera silenciosa pero incansable, promovió una (llamémosle así) Escuela de iuslaboralismo en la que, a semejanza de la matriz (naturalmente, la de Alonso Olea), se desconocía la discriminación ideológica o de cualquier otro tipo y regía la meritocracia, la emulación y los más característicos valores de la Universidad Pública. Veinte años después accedió a la Universidad Complutense (1989), cuyo Departamento de Derecho del Trabajo dirigió hasta jubilarse.
Diríase que toda su trayectoria vital está avalando la certeza de la confesión intelectual que hiciera al poco de acceder a la Cátedra: “la tarea de crear, de aplicar, de enseñar y de estudiar Derecho del Trabajo es una de las más apasionantes, de las más vivas, de las más claras e inmediatamente útiles con que puede enfrentarse el hombre de hoy”[4]. Desde luego, por doquier ha sembrado y recolectado vocaciones universitarias, alentado el estudio y estimulado el trabajo intelectual.
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Hace cincuenta años (octubre 1974) que impartió la asignatura de Derecho del Trabajo en la Licenciatura de Derecho (Plan de 1953) de la Facultad homónima de Murcia utilizando la primera edición de su Manual (“el Montoya”). En ese curso tal libro de texto apareció, casi de forma simultánea a como discurría el calendario académico, dividido en tres tomos: el primero (y más breve) sobre el Significado y Evolución; el segundo sobre el Sistema Normativo; el último, sobre Sistema de Relaciones Laborales. Contar anticipadamente con el contenido de la materia elaborado por el propio docente era toda una novedad en la época: no solo rebajaba la tensión de la toma de apuntes sino que abría paso a una metodología del todo innovadora. Cada día debíamos acudir al aula habiendo leído las páginas correspondientes a la materia que iba a explicarse y el tiempo se dedicaba a clarificar, actualizar o resolver cuestiones conexas. El fomento de la participación era ingrediente relevante, al igual que las prácticas conducidas por un competente grupo de profesores de la Cátedra (García Abellán, Galiana Moreno, García Ortuño, Rentero Jover, etc.).
Como desde entonces no he hecho sino seguir su estela puedo dar fe del modo en que ha ido asumiendo progresivamente sus cometidos universitarios: como Catedrático, Decano (en plena transición), Director de Tesis (más de treinta), Director de Departamento (en Universidades varias), discípulo de su querido Maestro, líder de un amplio grupo de laboralistas, responsable de proyectos de investigación, miembro de múltiples comisiones o tribunales, profesor de innumerables promociones de estudiantes, etc.
Valoraciones similares han realizado quienes han coincidido en las múltiples instituciones que tuvieron la suerte de contar con él: las Reales Academias de Jurisprudencia y Legislación tanto de España (2001) cuanto de la Comunidad Autónoma de Murcia (1983); la Academia Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social (1996); el Instituto de España (2001); la Real Academia Alfonso X el Sabio, de Murcia (1988); la Academia de Ciencias de la República Dominicana (2007); numerosas asociaciones nacionales o extranjeras de Derecho Laboral, Sanitario, Hispanoalemán, Seguridad Social; etc.
Bromista con sus personas queridas, gastaba chanzas con quienes practicaban asiduamente alguna actividad deportiva. Toda una divertida paradoja de quien acabo siendo verdadero maratoniano jurídico: su imponente Derecho del Trabajo viene concurriendo puntualmente a la cita estival todos los años y ha alcanzado ya las cuarenta y cinco ediciones. Imposible silenciar su empeño en que la obra siguiera viendo la luz desde que las fuerzas no le permitían garantizarlo personalmente.
Una significativa plasmación de su prestigio viene dada por el elevado número de Revistas científicas que lo han tenido como miembro del Consejo Asesor o de Redacción. Pero donde mejor queda plasmada la relevancia que posee su obra científica es en el impresionante elenco de Libros, Monografías y colaboraciones en obra colectivas que en los últimos cuarenta años ha venido alumbrando. Espectacular por su cantidad, de lo que da cumplida cuenta la relación que acompaña a su currículum; pero también impresionante, en grado sumo, por su calidad. A título de ejemplo, cabe recordar que de sus clarificadoras aportaciones se nutren las construcciones legales o jurisprudenciales actualmente imperantes acerca de los límites del poder de dirección empresarial[5], los confines entre la actuación administrativa y la jurisdiccional en el terreno sociolaboral, el negocio jurídico que vincula a los profesionales de la Abogacía o Medicina con las entidades para las que trabajan, la recepción del Derecho Social Comunitario en nuestro ordenamiento, el significado de la buena fe en las relaciones laborales, el alcance de la dependencia o la ajenidad, el papel de la representación sindical en la empresa[6] o la funcionalidad de la jubilación en el marco de la Política de Empleo, por no alargar la lista.
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Esa vocación internacionalista de su actividad y el deseo de integrarse en una comunidad científica de alcance supraestatal le han llevado a ser Miembro de la Sociedad Internacional de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social, de la Asociación Hispano-alemana de Juristas, del Instituto Europeo de la Seguridad Social o de diversas Asociaciones Latinoamericanas de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social (Centroamericana, Dominicana). Como era de imaginar, numerosas publicaciones reflejan esa dedicación, al tiempo que muestran la utilidad y riqueza de la colaboración entre estudiosos de diversos países[7].
En el mismo plano, conviene recordar su desempeño de tareas como Consultor de las Naciones Unidas o de la Organización Internacional del Trabajo, así como asistencia a numerosos Congresos Internacionales (frecuentemente aportando Ponencias en nombre de España), Jornadas o Cursos en diversos países europeos o americanos.
Algunas distinciones obtenidas fuera de España avalan ese aprecio internacional hacia su personalidad académica: es Comendador de la Orden del Mérito Judicial del Trabajo de Brasil (1982); está en posesión de la Medalla de Oro de la Academia Iberoamericana de Derecho del Trabajo y Seguridad Social; es Miembro de Honor del Colegio de Abogados Laboralistas de Colombia (1983); Profesor Honorario de la Universidad Externado de Colombia (1986); Miembro Honorario de la Asociación Dominicana de Derecho del Trabajo (1998); Profesor Honorario de la Universidad Central del Este (República Dominicana, 1998); Miembro Honorario de la Asociación Centroamericana de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social (2001); Profesor Honorario de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, de Santo Domingo (1999); Doctor Honoris Causa por la Universidad Central del Este (República Dominicana, 2001), etc.
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Las anécdotas serían interminables. La inmensa mayoría son bien divertidas, alcanzando su cénit cuando van referidas a personas conocidas por el interlocutor e imitadas por Alfredo Montoya, todo un maestro en esa habilidad. Conversador inmejorable, culto sin pedantería alguna, relator excelente de sus giras latinoamericanas, entusiasta de la música seria. Todo un humanista, como antes se decía, con vocación de servicio público. Traeré a colación un par de sucedidos.
Cuando a fines de 1999 atendí su llamada y me incorporé a la Universidad Rey Juan Carlos conocí a un grupo muy amplio de profesores, la mayoría procedentes del Centro de Estudios Ramón Carande y de la Escuela Social. Entre ellos estaba el Ingeniero Jaime Pizá Granados, con quien Alfredo Montoya había escrito un Curso de Seguridad y Salud en el Trabajo (1996) y que ejercía importantes funciones organizativas en nuestra área de conocimiento. Pocos años después consiguió superar las pruebas pertinentes y accedió a los Cuerpos Funcionariales de Profesorado Universitario. Solo entonces Alfredo me desveló que Jaime era su cuñado, al estar casado con su hermana (Elena, enviudada hace poco). Me había permitido formar criterio propio y actuar con total autonomía e independencia durante todo ese tiempo. Recuerdo esto porque ilustra bien una de las características que siempre le ha adornado: el respeto hacia los propios discípulos, incluso comprendiendo la toma de caminos que él consideraba equivocados.
Cuando el pasado 27 de marzo su esposa, la Dra. Elisa Gómez Castaño, me puso un mensaje advirtiendo que había empeorado y se acercaba el momento de la despedida, el tren me alejaba a gran velocidad de Madrid. Fueron momentos emocionantes, por su simbolismo: él se marchaba de este mundo y yo abandonaba Madrid en dirección hacia Murcia, cuya Facultad de Derecho me había invitado a clausurar unas Jornadas interdisciplinares sobre la nueva Ley Orgánica de Eficiencia Procesal. A la mañana siguiente, vencida la tentación de regresar de inmediato a la capital, fue emocionante entrar en las aulas del Claustro mercedario y comenzar la disertación leyendo un pasaje sobre el proceso laboral escrito por Alfredo Montoya.
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Era Inspector de Trabajo, cuerpo con el que se sentía muy identificado pese al escaso tiempo que ejerció como tal. Puso en marcha la Escuela Social de Murcia, que dirigió durante 13 años, generando un vínculo sumamente relevante con el colectivo profesional de Graduados Sociales.
Lo que ahora se identifica como transferencia del conocimiento ha sido divisa de toda su vida profesional. Por descontado, alcanzó el máximo de tramos de investigación positivamente evaluados (“sexenios”). Autor de numerosos y complejos asesoramientos a entes públicos o privados. Miembro del Consejo Editorial de Thomson Reuters-Civitas Ediciones S.A. (desde 2003) y de su Comisión Permanente (desde 2010). Miembro de Consejos científicos en Revistas especializadas: Revista de Política Social, Revista Española de Derecho del Trabajo, Relaciones Laborales, Actualidad Laboral, Documentación Laboral, Revista de Derecho Procesal, Trabajo y Derecho, Foro (Revista de la Facultad de Derecho de la UCM), Synthesis-Direito do Trabalho Material e Processual (Sao Paulo, Brasil),Revue de Droit Comparé du Travail et de la Sécurité Sociale (Burdeos, Francia), Revista de Derecho del Trabajo (Caracas, Venezuela) y Revista Peruana de Derecho y Literatura (Lima, Perú), Anuario Coruñés de Derecho Comparado del Trabajo, Innovación docente en Derecho y Economía (Centro Universitario Villanueva – UCM, Madrid), Estudios Latinoamericanos de Relaciones Laborales y Protección Social.
Además de los ya citados, encabezó diversos libros de texto (“Manuales”) de carácter colegiado sobre el Derecho Social de la Unión Europea; la Seguridad Social; el Procedimiento Laboral; todos ellos con varias ediciones, al igual que diversos Grandes Tratados comentando las normas de cabecera como el Estatuto de los Trabajadores, el Estatuto del Trabajo autónomo o la Ley Reguladora de la Jurisdicción Social. Continuó con la dirección de los libros verdes que su Maestro había puesto en marcha para comentar las diversas sentencias constitucionales en materia de trabajo y Seguridad Social.
Son centenares las colaboraciones en libros colectivos o revistas y todo tipo de publicaciones. Al margen del tema, formato o extensión, en todo caso es reconocible ese estilo que torna sencillo lo que aparecía como abstruso, persuade pero respeta, fundamenta pero abre incógnitas, sintetiza pero no caricaturiza, enseña pero no cansa. Una mezcla insuperable de decisión, seriedad y afabilidad, rigor y valentía, estudio y exposición, compromiso y honestidad, ironía y gracejo, cultismos y claridad.
Su Derecho Laboral Concursal (2015, Civitas) deslumbró a propios y extraños, es decir, a laboralistas, mercantilistas o procesalistas. Pero lo mismo había sucedido años antes con La buena fe en el Derecho del Trabajo (Tecnos, 2001).
Lógicamente, recibió diversas distinciones además de las ya reseñadas. Desde el Premio García Oviedo (1959) al Premio Eduardo Dato (por su libro Jurisdicción y Administración de Trabajo, 1970), culminando con la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo (2016). Además de múltiples reconocimientos otorgados por Colegios de Abogados o Graduados Sociales e instituciones de allende los mares (Brasil, Colombia, Santo Domingo, Nicaragua, el Perú, etc.). En 2014 fue designado como Mejor Laboralista por ASNALA.
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Animo a quienes no le han conocido a que comprueben el acierto de las siguientes palabras: siempre ha tenido un trato exquisito con las personas que comenzaban su andadura profesional; nunca ha utilizado su privilegiada posición para marcar distancias; ha sido escrupuloso cumplidor de plazos y compromisos; ha dado explicaciones cuando se le han pedido; no se ha amilanado frente a divergencias o críticas; su magisterio pervive en quienes lo hemos recibido. Es una persona (mejor el presente que el pretérito) que desprende energías positivas, concitando a la solidaridad y no a la división.
Siendo obligado su cese, también lo será que su influencia se mantenga y que la Revista Española de Derecho del Trabajo continúe por el camino que nos fue indicando.
[1] En la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla; en esa época, por cierto, es cuando obtiene el premio “García Oviedo” (curso 1958-1959) por su estudio sobre La inamovilidad del funcionario público y la del trabajador.
[2] Su estudio El poder de dirección del empresario, publicado como libro por el Instituto de Estudios Políticos, no sólo lo consagró científicamente, sino que lo convirtió (desde entonces hasta hoy, ininterrumpidamente) en la máxima autoridad sobre una cuestión tan axial como compleja.
[3] Etapa (desde 1962 hasta 1969) en la que accede a varios cuerpos funcionariales, todos ellos relacionados con el ámbito del Derecho del Trabajo.
[4] Sobre la esencia del Derecho del Trabajo, Estudios Sociales de la Escuela Social de Murcia (81972), pág., 28, donde añadía (parafraseando a Blas de Otero) que ese iuslaboralista bien puede pensar que está actuando “en defensa del reino del hombre y de su justicia”.
[5] Si El poder de dirección del empresario, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1965, se convirtió pronto en obra clásica se debe tanto “al acierto global en el enfoque” cuanto a los “muy numerosos aciertos parciales en el estudio de temas de dificultad extrema”, como bien dijera el prologuista (Manuel Alonso Olea, pág. XV).
[6] Su temprano estudio La representación sindical en la empresa, Instituto García Oviedo de la Universidad de Sevilla (1968), refleja la clarividencia de su análisis, pese al contexto coetáneo, al diferenciar una función representativa “frente a los intereses del empresario” y otra “de colaboración con el poder empresarial” (pág. 8).
[7] Mero botón de muestra puede verse en la “Nota Liminar” que Mario Pasco Cosmóplis redactó para abrir el libro colectivo La extinción de la relación laboral (Editorial Aele, Lima, 1987), en el que el profesor Montoya interviene por parte española; hay que escuchar sus explicaciones acerca del “grupo de la Patota” y, sobre todo, comprobar la relación existente entre todos ellos.
[*] Anticipadamente para la Asociación Española de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social (AEDTSS), esta tribuna será publicada en el número 286 de la Revista Española de Derecho del Trabajo, con la firma del profesor Antonio V. Sempere Navarro, Catedrático de Derecho del Trabajo de la URJC, magistrado del TS y su codirector. La Junta le agradece la gentileza de compartirla a través de la web de la AEDTSS.