Germán Barreiro González, In Memoriam

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GERMÁN BARREIRO GONZÁLEZ, IN MEMORIAM[1]

Por JUAN JOSÉ FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ

Catedrático de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social

Universidad de León

jjferd@unileon.es

Omnia mutantur, nihil interit

Ovidio

Con Pitágoras de Samos como narrador, el verso 165 del Libro V de las Metamorfosis va más allá de una simple descripción del proceso incesante e infausto de transmigración, para recoger la certeza del recuerdo que perdura a través del tiempo (nulla dies umquam memori vos eximet aevo, pondría Virgilio en boca de Eneas). De ahí que las ausencias, aunque pueden llegar a “dolernos doblemente”, no dejen de ser un “duelo sin explicaciones”, acudiendo a esos versos vallejanos harto elocuentes sobre la firme convicción de que Germán Barreiro ocupará un lugar permanente en la vida de quienes lo conocimos y lo queremos.

Lejos de una oda a la tristeza, tan opuesta a su alegría natural, las palabras habrán de conformar un discurso sobre la riqueza que de él recibimos antes de dejar el mundo de los vivos, el 26 de diciembre del pasado año en Carbajal de la Legua (León), rodeado de los más cercanos, con la serenidad y entereza de quien, según señala la etimología de un hidalgo, siempre inspiró confianza con el ejemplo de su nobleza y valentía.

Nacido en Lugo el 2 de mayo de 1952, criado entre sus calles y prados (dada la gran ventaja de una casa familiar fuera de las murallas) y educado en el prestigioso colegio de los Maristas donde fraguó amistades que lo acompañaron para siempre, Santiago de Compostela fue el punto de partida de su brillante trayectoria académica, pues en sus cinco veces centenaria Universidad cursó los estudios de Licenciatura en Derecho con premio extraordinario. El consejo de quien allí impartía la docencia en Derecho del Trabajo, el profesor Cremades, le llevó a una doble decisión fundamental: orientar su inquietud intelectual hacia esta rama del saber y hacerlo en Alemania, como becario de la fundación Oriol y Urquijo, profundizando en el ordenamiento alemán bajo los sabios consejos del profesor Hanau. El periplo culmina con el retorno a España, a la Universidad Complutense, donde realizará la tesis doctoral, también galardonada con premio extraordinario, bajo la dirección del profesor Alonso Olea y en compañía de un inmejorable grupo de compañeros que constituirán, durante décadas y hasta la actualidad, referencia preclara en la doctrina, profesores Palomeque López, Aparicio Tovar, Baylos Grau, López López, Escudero Rodríguez, Tortuero Plaza y, por supuesto, la profesora Casas Baamonde, su fiel amiga de toda la vida.

El encuentro con el maestro signó de manera indeleble su futuro profesional, pues el respeto, admiración y cariño por aquel a quien consideraba como verdadero forjador de la disciplina en España, hizo que ordenara sus pasos hacia la docencia y la investigación, obteniendo la plaza de profesor adjunto en la Universidad Complutense en 1984 y, más tarde, en 1986, la Cátedra en León, ciudad que bien conocía en su azaroso (y divertido) periplo por el servicio militar, con cuyas anécdotas tantas veces alegró viajes y sobremesas.

Su asentamiento en la casi recién estrenada Facultad de Derecho de la Universidad de León le permitió desarrollar una filosofía de ser y estar que caló tan hondo como para marcar una impronta capaz de trascenderlo. Tomaba como fundamento la plena comunión con la sociedad a través de un doble proceso de transferencia: incorporándola en el día a día de la vida académica y colaborando con cuantas actividades le eran requeridas. Desde el primero de los planos, buscó la cooperación como profesores de los Magistrados de lo Social de la ciudad (entre ellos, D. José Rodríguez Quirós, a quien tanto quiso), el Jefe de la Inspección de Trabajo, aquel que más tarde alcanzaría responsabilidades importantes en el cuerpo de Letrados de la Administración de Justicia o alguno de los más reputados abogados locales; además, puso singular empeño en que no hubiera novedad significativa en el ordenamiento social que no mereciera una conferencia, seminario, jornada o congreso, superando de manera generosa el centenar los organizados con este propósito de crear espacios de reflexión permanente.

Desde el segundo, su plena integración en el día a día de la sociedad que, además de las numerosas conferencias impartidas para todo tipo de públicos, se tradujo en cuantiosos informes y dictámenes (algunos de gran trascendencia social, como el que fue faro y guía para la integración de todo el personal del Banco Atlántico en Caja España), distintos proyectos de investigación con un claro sentido de compromiso con el entorno (en particular dedicados a las labores mineras, el ámbito rural, la negociación colectiva regional y provincial, la sangría de talento que asola esta tierra o la difusión de prácticas de seguridad en el trabajo), la membresía en importantes entidades de ahorro de origen social (Caja España y Caser) o en los patronatos de sus fundaciones (Oriol y Urquijo y Monteleón), el constante y visible compromiso con los Graduados Sociales (siendo impulsor de sus actividades divulgativas no solo a nivel local, en particular en aquellos Colegios con sede en León y Lugo, sino a nivel nacional, donde fue cabeza bien visible durante casi dos décadas) o, de manera específica, una que lo satisfacía especialmente, cual fue la designación como representante español en el Tribunal Administrativo Internacional del Banco Interamericano de Desarrollo, órgano dentro del cual sus buenos oficios como Juez durante tres años le llevaron a ser nombrado Vicepresidente en el penúltimo y Presidente en aquel en el que voluntariamente abandonó la representación. La trascendencia de toda esa labor de servicio público obtuvo merecido reconocimiento con la concesión de la Cruz de Primera Clase de la Orden de San Raimundo de Peñafort en 2010.

La plena integración local, así como su habitual presencia en distintos foros nacionales, tuvo correlato lógico en una desbordante actividad internacional, con extensión a gran parte de los Estados de Europa y a la práctica totalidad de los de América. Amén de la continuidad en sus lazos con Alemania a través de la Asociación Hispano-Alemana de Juristas, de la cual fue miembro muy dinámico y donde desarrolló una amistad entrañable con los profesores Zachert y Adomeit (así como, en los últimos años, con distintos hispanistas de origen germano, a los cuales conoció en Berlín con motivo de su disertación en torno a la recreación de la muerte de Cervantes a partir de su propia obra), dos referencias acudían de manera reiterada a su recuerdo: de un lado, la reconocida encomienda como asesor en la primera embajada de la Universidad de León a la de Vorónezh que, tras arduas negociaciones, culminó con un convenio bilateral en virtud del cual esta su Universidad ha sido pionera en los estudios de ruso en España; de otro, su segunda patria, pues como tal consideró siempre a Brasil, donde viajó en reiteradas ocasiones para un tan extenso (en lo geográfico y en los acontecimientos) como intenso quehacer de difusión y formación, dirigiendo congresos y jornadas, pronunciando conferencias o a través de una fecunda tarea editorial en las revistas Jurisprudência Brasileira Trabalhista, Génesis o Consinter y como coordinador para Europa de las publicaciones de la editorial Juruá. A la actividad en aquel país obedeció un fluido intercambio de iuslaboralistas nacionales que viajaban a aquellas tierras y de juristas y estudiantes brasileños que, de su mano, visitaron España. Encomiable labor por la cual le fue concedida, primero, la Orden al Mérito Judicial “San José Operario” del Tribunal Regional del Estado de Mato Grosso del Norte; más tarde, y por el Tribunal Superior de Trabajo, la Orden al Mérito Judicial de Brasil en el Grado de Comendador.

Desde la cátedra de la Universidad de León, en otros tiempos en los cuales no se trataba de un mero nivel 29 en la relación de puestos de trabajo, sino la encarnación de un órgano y la expresión de una forma de dirigir un área de conocimiento, satisfizo de manera sobresaliente cuanto debe ofrecer aquel llamado a enseñar, crear, administrar y transmitir.

En este sentido, numerosas fueron las promociones de estudiantes a todos los niveles académicos y en distintas titulaciones sobre los cuales proyectó su formación humanista. Profesor espléndido y querido, el rigor con el que preparaba e impartía a diario las clases nunca fue impedimento para que los discentes apreciaran una cercanía capaz de hacer crecer un afecto que perduraba más allá de las aulas y del tiempo, convirtiendo en pasaje habitual las visitas de los egresados para dar cuenta de sus éxitos profesionales (o solicitando consejos y ayuda para orientar un futuro aún incierto) y, también, los recuerdos efusivos en los lugares más insospechados de cuantos seguían conservando un recuerdo imperecedero de su magisterio.

Una prueba fehaciente del cuidado exquisito en la primera de las misiones de un profesor figura en las carpetas que contienen sus apuntes, elaborados a máquina de escribir en la versión original de 1987, y con posterioridad actualizados con innumerables anotaciones (e interrogantes en rojo para recoger sus dudas sobre la solución legal), hasta conformar un laberinto cuya salida solo podía encontrar el autor, pero cuya visita sigue permitiendo apreciar el buen hacer de un trabajador infatigable y analista escrupuloso y exhaustivo.

Permanece viva en la memoria de quien suscribe una de las últimas conversaciones en el jardín de su casa a las que solo el ocaso ponía fin. Versaba sobre la investigación y perfectamente podría servir para resumir el pensamiento de un jurista integral y comprometido con la causa de los trabajadores, pero sin margen alguno para el discurso fácil, que como buena falacia nace y crece con el vigor del oportunismo, se alimenta del éxito, pero se agota pronto por falta de raíces. Afirmaba sin ambages que pensar en Derecho resulta un proceso arduo si ajustado al procedimiento y maduración exigibles y a la realidad social que subyace a la norma; también, con frecuencia, abocado a suscitar más preguntas que respuestas, más desasosiego que certezas. Añadía, con especial énfasis, la necesidad de ofrecer al lector temas o enfoques novedosos bajo una prosa que facilitara la comprensión y –según su destino o momento– ofreciera una solución a la duda de partida y/o facilitara el argumento opuesto, el diálogo o la discusión, pues de tal trata la relación dialéctica a trabar.

 Así lo demostró y enseñó durante cuatro décadas a través de un legado científico que, muchas veces asentado sobre los proyectos de investigación realizados bajo su dirección, toma forma en más de doscientas publicaciones entre libros, artículos, comentarios a sentencias, traducciones o prólogos sobre la práctica totalidad de las materias del Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social. De entre ellas, siempre manifestó abierta preferencia por la tetralogía que compone cuanto denominaba su “etapa alemana”, desarrollada a lo largo de los años 80 y que comienza con su tesis sobre Diligencia y negligencia. Estudio sobre la prestación de trabajo debida por el trabajador, tiene continuidad con el análisis de encargo sobre El crédito de horas de los representantes de los trabajadores y el que fue segundo ejercicio de su cátedra, dedicado a La sustitución del trabajador con derecho de reserva. El contrato de interinidad, y se cierra con una deliciosa traducción y estudio crítico del libro de Gierke sobre Las raíces del contrato de trabajo. Época de fértil creatividad, que compaginó con la colaboración con el maestro en las cuatro ediciones del Estatuto de los Trabajadores: textos, comentarios, jurisprudencia, a la cual siguió un cambio trascendente, cual fue el de poner en un segundo plano su obra personal para alentar, en un proceso de creación compartida solo al alcance de los escogidos por su generosidad, los estudios que dirigió (figure o no su nombre) de cuantos decidimos aprender a su lado.

Finalizada aquella misión, y apenas cumplidos los sesenta años, la jubilación como profesional del Derecho le permitió mudar de inquietud hacia un interés largamente postergado: la vocación hacia la prosa, poesía y teatro del Siglo de Oro español, y en particular de Cervantes. Fueron años de trabajo y devoción sin par, con una cosecha ubérrima de publicaciones dedicadas a la creación y crítica literaria con las que continuó la saga abierta por su padre (José) y su tío (Glicerio) en su Lugo natal.

En editoriales internacionales, nacionales y locales (donde cabrá destacar el apoyo permanente de su editor Héctor Escobar), y hasta en dos sellos de creación propia (o compartida con su más estrecho colaborador y amigo, José Manuel Santos Blanco), irán viendo la luz hasta una docena de libros (y otros tantos “opúsculos”, como divertimento o recopilatorios más breves sobre temas muy variados) dedicados no solo a desgranar hasta los aspectos más recónditos de la obra magna de quien es la cabeza más saliente de las letras en castellano, sino, y a su calor, las Novelas Ejemplares y otros textos literarios del Renacimiento y Barroco españoles. “Global, genial, intermedial, virtual”, cuatro adjetivos en honor de Cervantes que intitulaban la celebración del IV Centenario de su fallecimiento, celebrada conjuntamente por las Universidades de Saarland y Humboldt así como el Instituto Cervantes en la capital de Alemania, y que la Profesora Simson aplicó también al Profesor Barreiro, reconocido en 2016 como preclaro cervantista por sus pares.

El tercero de los pilares en una vocación universitaria plena se revela en un compromiso con la gestión que queda patente en quien, apenas si incorporado, fue nombrado primer Director de uno de los cuatro Departamentos de la Facultad. Cargo que abandonó para asumir el reto de completar la integración de los Graduados Sociales en la Escuela Universitaria de la cual fue Director durante seis años; abordar el cambio de plan de estudios en el centro renombrado como de Relaciones Laborales cuatro años más; y, en último extremo, guiar durante diez años más la transformación de Diplomatura a Licenciatura, y de esta a Grado, en la Facultad de Ciencias del Trabajo. Confianza de los dirigentes cuando le encomendaron la administración y de las distintas Juntas de Centro que lo reeligieron, siempre por unanimidad, para dejar testimonio fehaciente del consenso con su quehacer, que trascendió no solo a otras responsabilidades en la Universidad (miembro de su claustro por elección, de Consejo de Gobierno durante más de una década, donde fue vocal de las Comisiones de títulos y de doctorado o, entre más, impulsor en sus comienzos del Comité de Seguridad y Salud), sino al permanente contacto con la sociedad, cuyo respeto y reconocimiento supo ganarse día tras día.

Este rasgo de excelencia, que demuestra la entrega a la institución, únicamente en el caso de los mejores culmina con la transmisión del saber a quienes desean emular las virtudes del maestro. Moldear un discípulo, como escribía Gerardo Diego, supone sembrar una llama y dejar que siga su camino intacto y limpio. Trae aparejados el ímprobo esfuerzo y la tremenda responsabilidad de despertar la curiosidad que, con el método apropiado, está llamada a despejar dudas mientras suscita otras nuevas, aquietar preocupaciones con siembra de interrogantes frescos, acompañando la aventura de aquel a quien se enseña a pensar para que discurra con criterio propio, a crear para que ingenie cosas distintas y hasta a vivir para que disfrute su propia existencia, consciente de que en cada pensamiento, creación o vivencia perdurará algo de lo enseñado. Ese espacio de libertad, de consejo y ayuda fue el que disfrutamos cuantos de él aprendimos el oficio y la forma de ser y estar en la Universidad y en la comunidad, María de los Reyes Martínez Barroso, Susana Rodríguez Escanciano, Beatriz Agra Viforcos, Javier Fernández-Costales Muñiz, Roberto Fernández Fernández, Rodrigo Tascón López, Henar Álvarez Cuesta, José Gustavo Quirós Hidalgo, Purificación García Miguélez, María José Saiz Rodríguez, Natalia Ordóñez Pascua, Diego Megino Fernández, Patricia Prieto Padín, Francisco Xabiere Gómez García, Cristina González Vidales, Ana Castro Franco y quien suscribe reconocemos en Germán Barreiro la huella que perdurará siempre, conjugada con esa eterna sonrisa que iluminaba la vida y ahora perdura a través de sus hermanas Concha, Ruli y Mariola y, en particular, en el fruto de su amor con María: sus hijos José, Germán y Pedro y sus nietos Nel y Lúa.

[1] Este Obituario se escribió con destino al nº 67 de la Revista General de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social.

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